Sí-ent(r)o

La noche me abraza con su fría armadura.
Calidez.

El hogar real se parece a esto.

Bombea y en ocasiones deja de hacerlo.
Los mortales temen que ocurra.
Una sensación escalofriante recorre las venas que decoran mi piel nacarada.
La sangre es roja,
intensa,
pero no en mí.
Azul
o violeta,
no estoy segura.
No siento el camino por el que transita.
No siento el latir de la vida dentro de mí.

No siento

Miro a mi alrededor. Seres que vagan aferrados al suelo, creyendo que viven, lastrados por la miseria de sus pensamientos, con miedo a lanzar sus inertes cuerpos al vacío.
Salto.
Por un instante mi cuerpo se mantiene en el aire,
planea.
Planea caer lo antes posible porque teme llegar al final del viaje y lo único que quede sea el silencio más sonoro y aterrador que jamás haya padecido. Extirpo de lo más profundo de mi cerebro las ideas suicidas que dejé en remojo. Se han ablandado y les doy un poco de calor.
Me abrazan.
Descendemos juntas mientras nos miramos fijamente. Me suplican que no las deje caer antes de que lo haga yo. Ellas también tienen miedo a perecer. Aún tengo tiempo y le pregunto a Fustigador qué debo hacer. Tras años alimentando su ego se convirtió en un apéndice de mí.
No contesta.
El aire me golpea con violencia y me priva del oxígeno. Las ideas suicidas se apartan, dejándome sola en la batalla por ver quién es más fuerte.

Siento

Sigo cayendo, el suelo se aproxima a las plantas de mis pies (o quizás a mi cráneo, no lo sé), doy vueltas. El caos del aire hizo de mí una bolsa de plástico vapuleada pero aún sin romperme. La velocidad aumenta, cierro los ojos. Oscuridad desliza sus manos por todo mi cuerpo, me toca como nadie pudo hacerlo antes, explora todos los rincones de mi ser, se introduce con fuerza en mí, asegurándose de que no la deje salir, vierte sus gemidos en mi espalda.
Me estremezco.
Rasga mis inseguridades, me proclama diosa del inframundo y ardo. Mi rostro dibuja una vil sonrisa. Ya no tengo el control de mis manos, agarran con fuerza mis pechos y descienden hasta el vértice de mis piernas. Se humedecen los pliegues que adornan mi sexo. En mis oídos se oye la melodía de un jadeo constante, cada vez más fuerte. Fustigador me advierte de que todo está en silencio, que llegué al suelo y estoy sumida en la vacío más desolador.

El hogar real se parece a esto.

El silencio se transformó en respiración agitada,
el suelo en llamas y polvo,
el vacío se completó dentro de mí.

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