Pájaro Rubí

Pasan las horas.
Escucho los pájaros cantando.

No se parecen a los que se posaban en la ventana de mi cuarto de Sevilla. Son de color rojo intenso y pían más alto que los de allá. Saco el móvil para fotografiarlo y desaparece. Aquí todo está repleto de sitios verdes, de flores, de calidez. Siempre había soñado con un sitio de estas características pero, quizás, el deseo de ser era más fuerte que la realidad de estar. Los pájaros son símbolo de libertad, de ensoñación. Vuelven a casa justo cuando pueden y no se quedan más de lo que deben. Busco, con la mirada un poco perdida, por si vuelvo a encontrarlo. Se posa delante de mí. Me sonríe y se da la vuelta. Parece distraído. Pía con su mamá y yo espero sentada con las piernas cruzadas y la mente en sus movimientos. Imagino que está inquieto porque no para de moverse. Da una vuelta y luego otra. Me vuelve a mirar y sonríe. Nos conocimos unas semanas atrás y parece que lo conozco casi tanto como a mí. Trata de volar lejos. Quiere despegar, pero aún no ha aprendido a desplegar bien sus alas. Se cae. Su cuerpo no ha tocado por completo el suelo cuando ya está intentando elevar el vuelo otra vez. De cuando en cuando se acerca y me acaricia con sus plumas largas y sedosas. Sus ojos castaños me observan acusatorios. Pregunta sin una palabra y yo, que ya reconozco sus latidos, contesto con “todo está bien”. Su pico dibuja una sonrisa tranquila y su plumaje vuelve a brillar. Revolotea por todo el escenario y muestra todos sus despegues y aterrizajes. Danza con elegancia. Es un animal noble y libre, no cree en las cadenas, pero vive preso de miedos y estigmas sociales. Cree que llegó al mundo para volar, para cantar bonito, pero sin luchar. El aire que llega hasta mí tiene un aroma diferente. Es como estar en casa de los abuelos cuando preparan dulces para toda la familia.

Dejo de observarlo y recuerdo lo lejos que estoy de casa.
Echo de menos tantas cosas, que no creo ser capaz de realizar una lista de todas ellas.
Mi mente empezó un viaje sin fin por todo el mundo de la memoria. Son escasas las lágrimas que brotan por mis mejillas.

Pájaro Rubí trata de hacerme sonreír.
Deja de conversar con su mamá y me relata lo chistoso que fue cuando ayer trató de comer semillas y casi se atraganta porque es muy terco. Posa un ala sobre mi espalda. Por un segundo resultó doloroso. Noté mi piel rompiéndose, cada poro abriéndose. Tiré del vello tan grueso que salía de los mismos. Mi cara de terror hizo que se apartara.
Para mi sorpresa, empezaron a salirme plumas.
Y volé.
Me elevaba.
Lentamente.
Titubeante.

Le miré y entendí que,
el hogar,
son las personas y no el lugar.

Papá me había inculcado el amor por los animales. Daba igual la raza, el color o el lugar del que procedía, ni si quiera importaba el tiempo que había permanecido con nosotros. En casa convivían sapos albinos, tarántulas, grillos y un sinfín de seres que por norma general no suelen estar en casas como mascotas. Tenía tres años cuando recibí mi primer animal de compañía. Matilda. Su nombre fue en honor a mi película favorita de todos los tiempos: Matilda. Narraba la historia de una niña que controlaba su mente hasta tal punto que tenía poderes, como mover los objetos. Saltaba, cantaba, bailaba y leía. Por aquellos momentos yo quería ser como era ella. Bailaba sobre la mesa mientras cantaba, era esquiva para mi mamá, no era capaz de aplacar mi energía. Traté de mover objetos concentrándome mucho y clavando mi mirada. Juro que me iba la vida en ello. Nunca lo conseguí. Pido disculpas a mi yo de tres años, porque hoy veinte años después sigo sin haber podido mover nada más que mi cuerpo inerte cada mañana.

Papá llegó una tarde con una jaula enorme, semillas, un trozo de cal y una caja pequeña de cartón que piaba bien flojito. Con inocencia me acerqué, un poco temerosa, pues no me gustaba ese sonido tan agudo que estaba sonando.

“Papi, ¿qué es esto?”
dije mientras escrutaba cada facción del hombre que me enseñaba a crecer.

Él era mi Colón personal, él fue quien me descubrió mi propia América y me regaló todos los conocimientos sobre lo diferente, lo desigual, lo exótico.

Abrió la caja de cartón. Un ser diminuto voló de ella.
Verde,
amarillo
y una pequeña mancha naranja en su pecho,
que con el tiempo se transformó en colorada.

“¡Mira, papi, lo hice volar!”

Señalé el pájaro diminuto que se posaba en el televisor, en el sofá y, finalmente, en mi cabeza. Admito que al principio me asustó, pero cada segundo que pasaba y sus patas hacían cosquillas en mi cráneo empecé a quererlo. Era hembra y me pareció buena idea llamarla Matilda. Con el paso de los días le enseñé a volver a mi hombro si la llamaba, a dormir en mi panza y me piaba si estaba un poco decaída. Ella, como moneda de cambio, me enseñó el significado de la amistad. Yo le contaba mis secretos, como que mi plato favorito era la pizza de jamón york y queso.

Una mañana decidí salir con ella. Estaba segura de que ya podíamos pasear sin miedo a que se escapara, nunca me había dejado sola. Papá y yo caminábamos al trabajo de Mamá, para recogerla al terminar su jornada. Ese día era distinto a todos los demás. Papá había empezado sus vacaciones de verano, era julio e íbamos a comer en un restaurante para celebrarlo. Matilda estaba en mi hombro izquierdo, en la mano derecha estaba Papá, me sujetaba con delicadeza. Ambos me protegían de los peligros del exterior. Paramos en el semáforo. Matilda siguió sin nosotros. La llamé lo más fuerte que pude, grité hasta casi desgastar mis cuerdas vocales. Papá silbaba. Jamás lo vi hacerlo tan fuerte. Quise correr tras ella. Pero se elevaba cada vez más, hasta que mi vista, que por entonces no estaba defectuosa, la perdió. Me enfadé conmigo misma por querer sacarla de casa y lloré como si el agua fuese gratis. Las lágrimas también se pagan y, a veces, son bastante caras.

Esa noche Papá y Mamá se quedaron a los pies de mi cama. Me dijeron que algún día volveríamos a estar juntas, quizás no en la misma forma, pero nos reconoceríamos.
Ellos nunca me habían mentido.
Dormí cuando el sueño al fin me venció.

Con el paso del tiempo aprendí a recordarla sin dolor, pero mantuve su libertad en mí, llegó a mi vida en el momento adecuado y se fue cuando ya me enseñó todo lo que debía. Le agradecí tanto a Papá que me diera la oportunidad de haberla conocido…

Los años siguientes los pasé descubriendo en mí todas las cualidades que Matilda tenía. Crecí y, poco a poco, me elevaba, hasta que un día, sin previo aviso, subí demasiado. Con mi mente moví a mis papás y me pagaron un vuelo a mi futuro.
Y al fin, volé.
Aterricé en una tierra desconocida.
Todo daba miedo, exploraba con cuidado lo exótico.
Me dolía cada gota de sudor.
Pensé tirar la toalla, adelantar el billete de avión.
Entonces, encontré su alma.
Matilda volvió a mí.
Su voz era cálida. Se acercó con total tranquilidad.

“Hola, soy Mateo, encantado”.