Plume

Me besó.
Recorrió con sus pupilas toda mi anatomía. Escrutaba cada gota de sudor que arrullaba el traje de piel que me había cosido días atrás. Fascinado, dibujaba el mapa del tesoro que llevaba hasta donde nadie había aterrizado antes mientras contaba cada destello que dejaba entrever mi interior.

Me besó.
Cada arista, cada vértice, cada centímetro y huella que sus incisivos habían dejado sin más cuidado que el suyo propio. Comenzó a anotar en un cuaderno mis facciones, todas las imperfecciones. Aturdida y con los ojos cerrados, agarré sus manos. Un grito sordo le atizó el ego. Sentí la quemazón de su vergüenza, las piernas temblorosas y el pavor que padecía su enfermo corazón.

Lo intentó,
pero para entonces,
sólo quedaban restos de mi ser.
El leve perfume de mi cabello,
la brisa de mi parpadeo cuando le acariciaba.
No probó mis labios.
No penetró en mi mente con la más mísera de las provocaciones.
Ni tan si quiera eso.

Quedó inmóvil, de pie frente a una cama rebosante de calor inerte. Extasiado aún por haber tenido el mismo infierno en la yema de los dedos. Juntos saboreamos la libertad, pero le cegó el vano deseo de mantener la belleza efímera encapsulada en el tiempo.

Dibujé el camino hacia lo inexplorado, le expliqué la fácil tarea que debía desempeñar. Me mostré suya, pura, limpia de recuerdos, remendada y con doble nudo por si en algún giro volvía a deshacerme. Abrí las alas, rasgué mis vestiduras y le di la llave de mis pensamientos.
Creyó que tres caricias y media bastarían,
entonces supo que jamás me besó.