Como el café de la mañana

Más de una vez terminé abrazada a la ropa sucia que dejaba tirada en el suelo.

Le recuerdo en la mesa de la cocina.
Estábamos desayunando.
Dos tostadas para él. Un café y poca leche.
Yo me encapriché por la fruta.
Busqué arándanos, fresas, una manzana para caer en el pecado.
Sólo teníamos bananas.

Hacía comentarios jocosos sobre un parecido que yo no lograba entender y la forma en que los comía le encendía los ojos. Entonces le miré. Y sonreí. Y volví a darle otro bocado mientras miraba fijamente al precipicio de los suyos. El camisón de seda azul apenas cubría mi cuerpo. La tira izquierda no soportó la tensión de su sonrisa traviesa y decidió huir con el descenso de mi mirada. Entonces, le llamé. Sin una palabra. Mis largas piernas le invitaban a pasar.

– Hoy no, llego tarde.

Retiré la mesa y volví a formular la pregunta, ahora acompañada por la retirada del trozo de seda que me aprisionaba. Por un momento pensé que se iría. Me llevé el dedo corazón a la boca y lo saboreé como si fueran el dulce más ansiado del planeta. Por el calor del verano me vi obligada a no llevar ropa interior. Sus ojos me gritaban que parase, de otro modo estaría perdido, otra vez, en mi interior.
Me hizo sonreír tanta vulnerabilidad y recorrí mi torso dejando un rastro de saliva.
Llegué al epicentro de mis piernas.
El rinconcito de placer que le guardaba sin descanso.
24/7. 365.

Le miré una última vez antes de encontrarme en mí. Sus piernas inquietas delataban sus deseos. Llevó las manos a la cabeza, pero seguía sentado. Observando. No me quedó otra. Cada segundo que pasaba el ambiente se humedecía. Jugueteaba con mis manos entre mis pliegues y volvía a hundirla en mí. Noté una pequeña brisa que me estremeció. Un bombero que quería apagar el fuego, pero su presencia solo lo avivaba, un roce suyo y nos reduciríamos a cenizas. Mis intenciones eran dignas de un kamikaze. Sentí sus atributos cuando me posó sobre el frío suelo. Le contemplé.
Trepé por su cuerpo desnudo,
colmándolo de besos,
caricias
y susurros.
Su cara se refugió en mis pechos como si no le importase la muerte por asfixia, sin embargo, no podía escapar, tenía más carne por estremecer. Bajó lentamente y se alimentó de los frutos de mi jardín, esperando que vertiese todo el jugo sobre su garganta.
Una exhalación y su corazón desaparecía dentro de mí.
Y yo suplicaba.
Imploraba que su melodía no dejase de sonar.

Tenía sed de poder, de hacerme grande ante sus ojos. Vuelta. Mi cuerpo sobre él. Parecíamos el Rapto de Proserpina, aunque yo me dejaría raptar cuantas veces quisiera. Mi peso cayó sobre su erección. Balanceaba sobre él. Mis pechos botaban y su expresión de placer hacía que perdiera los papeles.
Dentro.
Fuera.
Lento.
Necesitaba saborear cada centímetro de piel. Sentir como solo abría mis puertas para que siguiera su camino. Noté sus manos sujetándome con fuerza. Nuestras respiraciones se unían en una, nos convertimos en un ente de lujuria.
Más. Más fuerte.
Más. Más intenso.
Quería sentir. Vivir-te.
Derribar las barreras del placer para llegar más alto.
Que nos oigan en París,
Tokio,
Mónaco,
Nueva York.
Solos. Tú y yo.

Mordió su labio inferior mientras me quemaba con sus ojos pardos antes de ponerme contra el suelo. Estaba frío y mi espalda retenía las gotas de sudor que desprendía. Acarició mi cabello. Un susurro. Sus dientes clavados en mis lóbulos. Me estremecía. Perdí la cuenta allá por la tropecientas uno. Nuestros egos se pelearon, amarnos era algo que sabíamos hacer perfectamente. Deslizó un dedo por mi espalda evaporando las gotas de rocío en mi piel. De una sacudida me elevó las caderas. Volvió a embestirme. Con dureza. Tan placentero que me pregunto si podría dejar de temblar. Un edificio que sabe que en cualquier momento va a caer, pero que gusto si la caída es desde el punto más alto. Nuestros cuerpos chocaban.

Un orgasmo.
Los dedos de los pies se encogían, involuntariamente mordí mis labios. Seguía con el frenesí.

Dos.
Los pelos en la cara, me ardía el cuerpo. Notaba cómo hervía la sangre. El balanceo no paraba. Gozaba como nunca antes.

Tres.
El fin del mundo dentro de mí.

Extasiados.
Su respiración entrecortada en mi nuca,
tan necesaria como el café de la mañana.

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