Cuaderno negro

Hoy vengo vestida de dolor.
El mío en esta ocasión.
Puede que sea mío por mucho tiempo y lo cuidaré como si fuera para toda la vida. Trataré de quererlo como si de ti se tratase. Sé que no será igual, que sacará de mí todas las lágrimas saladas.

Hoy vengo vestida de negro.
No porque me invada la tristeza,
sino porque lloro la perdida de mis recuerdos, de mi memoria. Porque, como empezaba a sospechar, se me ha desgarrado el alma. Has rasgado parte de mi ser para llevarlo contigo a cualquier lugar. “Hay muchos peces en el mar”. Eso ya lo sé. Hay tanto por descubrir ahí fuera, tanta flora y tanta fauna. Pero esto no es el mar. Y, por supuesto, tú no eres un pez. Eres carne y huesos. Más huesos que carne y más pacífico que mediterráneo.

Eras. Eres. Serás.
Quizá por más tiempo del que yo quisiera, el motivo de inspiración, mis ganas de gritar. Solías ser el punto de inflexión cuando me ahogaba lentamente en mis pensamientos.
Eras. Eres. Serás.
Quizá por más tiempo del que yo quisiera, las ganas de existir y desistir de cualquier intento de volver a la vieja yo, al nuevo tú y a la colisión con grave riesgo de extinción a la que nos exponemos constantemente. Te necesité más cuando no estuviste. Qué cosas, ¿no?
Te preguntarás que si no lo hice cuando estuviste y la respuesta es
sí.
Siempre.
En todo momento.
Sí.
Te necesité y no estuviste y eso me marcó más que nada, más que cualquier cosa. Y no te necesité tanto, sino que notaba el frío de tu ausencia.

Y congelaba.
Y ardía.
Y dolía.

Te buscaba y volvía al punto de partida. Pero no recordé que un ladrón no roba dos veces el mismo banco.
Así que no estabas.
Y yo tampoco.

Me perdí en mí y te grité para que me encontraras. Fue tarde, lo sé. Ya sabes que todo lo dejo para última hora. De todos modos, algo se accionó. Volvíamos a estar en un callejón sin más salida que la propia entrada. Era cosa nuestra quedarnos a la sombra de las paredes, resguardándonos de todo frío, o pelear por quién saldría primero de aquella encerrona. No me lo pensé dos veces. Ni tan si quiera una. Aceleré mis pies. Me iba. Y tú me estabas dejando. Gritabas. Pocas veces te vi hacerlo. Gritabas mi nombre. Hasta cuatro veces lo oí. Sin embargo, no podía parar. Miré hacia atrás. No estabas ya. El destino se había decidido.

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