Nous étions formidables 3

Las grandes almas se atraen.
Y que cruel sería querer separarlas,
pero, ¿qué sería de la vida sin sus ganas de jugar?

¿Capaz o incapaz?
Posiblemente capaz de sacar mejores cartas,
sin embargo, al final de todo, ella volvería a ganar.

Al término de 19 años unieron miradas.
Aún inconscientes de lo que se avecinaba.
Quizás Chernóbil tuvo menos alcance que esto.
Desde el principio se equivocaron:
si ella hubiera seguido los consejos de papá…
De todas formas, Damien no quiso ir más allá, a pesar de las miradas.
De todas formas, Edith no se habría atrevido a vivir sin él, sin la sonrisa tranquilizadora.

Seguían tentándose cada vez que se encontraban. Cada vez con menos intensidad. Ella pedía sinceridad, pero quizás esas dosis fueron demasiado altas de poder superar, tal vez hubiese preferido que se marchase y poder sufrir su pérdida en silencio mientras imaginaba una y otra vez los escenarios donde le hacía reír, donde le calmaba las presiones. Se miraban. A decir verdad, se aniquilaban con la pupila. Sonreía acerca de algún pensamiento que se le había cruzado por la cabeza.

Tu es très Jolie” dijo.
Nous n’existe pas” y “Je te dèsire” vinieron después.

No tenía ni idea de qué quería exactamente. Edith se movía por la curiosidad, por entender qué era aquello que hacia vibrar su pecho. Se cansaba de las idas y venidas, de no saber en qué punto de la carretera se encontraba.
Por donde viniste, ahora, vete” imploraba cada vez que recordaba.

Pero él volvía.
Una sonrisa y un beso en el hombro.
Inmóvil.
En su estómago un nudo,
el corazón a la velocidad de la luz.
Lo rodeó con sus brazos.

Sabía que Damien tenía en mente romper su piel a tiras, a bocados, a pedazos. Quería deshacerle de los miedos, hacerle caer una y otra vez en el pecado que dibujan sus labios.

Trató de evitarlo.
Sonrió.

Quiere tocar su piel, adentrar sus manos por debajo de su camiseta. Quiere morder su mirada, desgajar su corazón como si se tratase de la fruta más jugosa. Quiere atraer sus dedos hacia ella, hacerle caer una y otra vez en el pecado que señalan sus piernas.

Una vez más, se hizo el silencio.
Fin del tercer acto.

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