Freedom.

Me arrepentí entonces.
Cuando me liberé de todo prejuicio, de todas las veces que hice lo que no quise por encajar en unos moldes en los que no me sentía, pero que eran necesarios para continuar. Me arrepentí de haberme dejado llevar por la marea de insensatos que se niegan a pensar, a fluir y a oponerse a todo aquello que influye en sus vidas convirtiéndolos, a paso de hormiga, en marionetas de un sistema opresor. Traté de buscar el camino, de abrir un pequeño hueco por el que poder respirar, liberar la sed de conocimiento, de la propia libertad, poder sentirme diferente y que no implique estar apartada de la sociedad, aunque sea una sociedad podrida de corruptos y descorazonados. Lo intenté tantas veces como me cortaron las alas. Y reunía las plumas para volver a intentarlo días después. Conocí lo que era andar con normalidad, correr para echar a volar, resbalar y caer. Me llené de magulladuras, astillé cada hueso de mi cuerpo, sentí cada lágrima y las glorifiqué una vez llegada a la meta. Me tomé un respiro, suficiente como para volver al ruedo. Una vez más Knock Out.
No está todo perdido”, pensé una vez más.
Me levanté y me retiré el sudor.

Me vienen a la cabeza todo tipo de recuerdos y sonrío. Esta vez tampoco podéis conmigo. Mirada al frente, sigo mi camino sin perder de vista las bifurcaciones que no sé a dónde me llevarán. Quizás para más tarde. Avanzo. Se hace cuesta arriba, pero llevo trabajando para ello todo este tiempo. Despacito y con buena letra decía mamá. Necesito descansar. La cima está cerca, me mira con ojos desafiantes. Le devuelvo la mirada y consigo atraparla.

ME ARREPIENTO”
grito al llegar al culmen de otra etapa.

Me arrepiento de las oportunidades que perdí, de los abrazos negados, de las discusiones que finalizan resquebrajando los pulmones, de las veces que me negué a aceptar la realidad. Quise parecer tan sólida que quien supo donde golpear, aunque fuese de una fuerza diminuta, me destruyó. Pero nunca me di por vencida. Intenté acabar con la ignorancia, siendo consciente de que luchaba contra un imposible. Nunca está de más intentar sustituir lo imposible, por lo logrado.
Sin embargo, me atrapó el desaliento.
Durante un tiempo me mantuve al margen. Me arrepiento de eso también. De todas, esa fue mi peor decisión. Dejé que mis riendas las llevase cualquiera que no fuese yo. Dejé a un lado las ganas de experimentar, de profundizar en mí e interesarme por ir más allá. Mansedumbre frente inconformismo. “Todo es despreciable, pero que lo solucione otro”. Fue así como, después de largas noches de reflexión e insomnio, me tiré al suelo. Trabajé por hacer algo distinto, por ser algo mejor y, sin querer, lo arrojé por la borda, aun teniendo espacio dentro de mi vida, ya no me apetecía llenarla de lo que no consideraba mío. Dicho esto, me arrepiento todavía más. Y duele, pero es un dolor que me hace vibrar, perder los papeles y encontrar en mi interior lo que creía perdido. Es triste darte cuenta del tiempo que has perdido, pero es de sabios rectificar.
Y lo hice.
No sé si a tiempo.

Me arrepiento de tantas cosas como de las que me enorgullezco. Quizás debería arrepentirme menos, quizás debería probar a reescribir la historia. Vuelven los imposibles, por el contrario, esta vez ni si quiera voy a intentarlo. Me disculpé con quien consideré oportuno y con quien no por una cuestión que, en ocasiones, ni yo entiendo, enmendé errores del pasado, entendí a quién me escuchó y respondió con sinceridad mientras observaba a quienes decidieron acogerse a su derecho de ignorar mi perdón. Fui consciente de que aunque no sea coherente en mis discursos, siempre me mueve la necesidad de no causar daños. Me convertí en una adicta a la aprobación. Pensaba que del resto, pero estaba muy equivocada. Necesitaba mi propia aceptación. Me equivocaba, porque era yo la misma que cuando estaba a punto de conseguirla, me boicoteaba hasta hacerme caer. Sufrí hasta tener constancia de ello. Una vez más, me arrepentí. Nombré a cualquier transeúnte con el que me cruzaba enemigo, porque yo misma había decidido que esa persona sería quien debía derribarme. Maldije su afán de llevarme por el camino que realmente quería evitar. Sin previo aviso, cada noche colocaba un obstáculo a los pies de la cama y otro un poco más adelante, al salir de casa, solo para tener la seguridad de que no iba a conseguir mi objetivo. Me pillé en uno de estos insomnios, cuando sin darme cuenta empecé a trazar planes suicidas tales como dejar de perseguir la felicidad conformándome con lo que la vida se dispusiera a darme en ese momento o enmascarar mis dudas y sentimientos para no herir al resto. Hasta ese momento, fui presa del maquillaje (exterior e interior), de consumir por el hecho de tener algo nuevo cada día. Pasaba más tiempo mirando el espejo que mirando a mis propios ojos, que tras rímel y sombra, buscaban auxilio.

Me arrepiento de haberme dado la espalda cuando más me necesitaba y aprovechar esta situación para apuñalarme sin descanso. Me arrepiento de haber subestimado mi capacidad para seguir adelante, para hacer cosquillas hasta que llorasen de la risa a quien tuve a mi lado y no tener el valor de buscárselas a quien no estaba siendo legal. Me arrepiento de no ser capaz de admirar mis logros y recordarlos tanto como lo hago con mis fracasos. Me arrepiento de tanto que, quizás, algún día, decida pensar menos y actuar más.

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