Nous étions formidables 2

No sabía qué había sucedido.
Lo último que recordaba fue su paseo de cada noche a orillas del Loira.

Oscuridad.
Sólo un foco puesto en ella.

Oía el eco de sus pasos que avanzaban titubeantes hacia la nada. Letras de neón blanco con su nombre dibujado indicaban el camino. Al llegar a estas, una puerta. Parecía pesada, de acero, un lugar frío.
La ropa de Edith estaba empapada.
Empezó a hacer memoria.

15 de diciembre.
Salió a pasear. Los nervios le aprisionaban. En pocas horas tendría una respuesta de Damien, coincidiendo con su cumpleaños y a escasos días de acabar con aquella aventura que comenzó un año antes.
Dejaba tras de sí una historia de amor hacia todo aquello que había conocido, hacia todos aquellos seres que habían compartido con ella más de dos charlas, hacia Didier, quien la mantuvo desdichada hasta el final de sus días.
Ponía fin a un año de superaciones, de viajes a rincones perdidos, de nuevos sabores y olores.
Desde hacía días el temporal había cambiado, aunque no era algo que le sorprendiese. Los vendavales parecían estar avisándole de algo. Seguía su camino a orillas del Sena. El viento tiraba con fuerza todo lo que en su camino se ponía. La envistió. De un golpe, arrancó el colgante que Damien le regaló la última vez que se vieron. Corrió en su busca, pero unas fornidas manos la atraparon. Por inercia cayó al suelo golpeando su cabeza. Aún aturdida por el impacto, sintió cómo alguien pateaba su cuerpo inmóvil hasta caer al agua.

A medida que recordaba su ropa se secaba. Bajo sus pies, charcos efímeros de agua mezclados con el rubor de la sangre. Tocó su cabeza hundiendo el índice en la herida,
no sentía dolor.

La puerta se abrió.
Entró movida por la curiosidad.
Era una habitación pequeña, olía a humedad. Resonaban unas pisadas que no eran las suyas. La luz era tenue. Sombras de hombres y mujeres se dibujaban por los rincones, detrás de sí. Corrían de un lado a otro sin rumbo fijo. Aparecían. Desaparecían. Logró atrapar una. Un viejo amigo del colegio. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al ver su mirada desgarradora. Hacía un par de años que había fallecido. Soltó su brazo y salió despedido entre gemidos de dolor.

A su cabeza vino el recuerdo de la última conversación que mantuvo con Damien, cuando acordaron, tras todas las amenazas que ambos habían recibido, mantener las distancias hasta saber el paradero exacto de Didier, hasta volver a estar a salvo.

No estaba segura, pero esa situación era tal  y como le habían descrito el más allá. No sentía dolor ni si quiera miedo, tan sólo desasosiego ante la idea de no volver a ver al chico.

Inmóvil,
cerró los ojos con fuerza.
Al abrirlos se hizo la luz.
Bajo una farola,
llovía.
A su lado, un local que le resultaba familiar. La puerta se abrió. De su interior salieron Bastien y Lilou. Iban riendo, desconocedores de toda desgracia. Les seguían Alissa, encendiendo un cigarro, y Odette que, por el brillo burlón de sus ojos, estaría hablando con alguno de todos aquellos chicos que habría conocido en alguna fiesta. Edith quiso entrar al local, traspasó la puerta. Aún no había asimilado que su cuerpo había desaparecido por completo, que sólo quedaba de ella el ente de lo que un día fue. El humo impedía que viese con nitidez. Buscaba entre los que bailaban, entre los que charlaban, entre los que tenían cara de desesperación. Ni rastro de Damien. Salió con la esperanza de poder comunicarse con alguno y fuesen capaces de encontrar al chico. No hizo falta. Ahí estaba. Había llegado tarde, como siempre. Reía con los demás, sin embargo, en su cara se notaba que su felicidad no era plena, seguía estando preocupado. Edith se acercó a él invadida por el agobio, la tristeza y la certeza de que esta sería su última vez. Quiso tocarle, consciente de que no sería capaz de alcanzarle. A pesar de ello, no dudo en aprovechar esa oportunidad que, aunque ínfima, podría proporcionarle una paz eterna. Alargó la mano decidida. Por algún motivo, chocó contra el pecho de Damien. Su sonrisa se heló, miró hacia otro lado y luego directamente a los ojos de la chica. Como si supiese que ella estaba ahí. Sintió como le atravesaba el alma con sus ojos pardos.

– Tengo que irme, acabo de recordar que…

Lo miraron absortos.  El muchacho observaba lo que parecía ser el vacío, pero eso le hacía relajar su expresión dibujándole una sonrisa. Edith tomó su mano, tensando así su cuerpo.  Caminaban hacia la plaza. Parecía una fotografía muy real, tan solo a sus ojos. Reían, hablaban. Se apoyó en el hombro de su acompañante, en el hombro del único hombre capaz de verla cuando era invisible a ojos de absolutamente todos.

– Shh… Ya sabrás cuando debas, ahora sólo disfruta de estos últimos instantes.

Los pocos transeúntes con los que se cruzaban lo miraban como si de un chalado se tratase. Y no hay más loco que el que ama más allá de lo físico, más allá de la vida.

Ambos se sentaron en silencio. Se sujetaban con fuerza. La hora del adiós final se acercaba. Se unieron por última vez. Acercaron posiciones con lentitud. Sin estar convencido de lo que estaba pasándole por la cabeza, se apresuró a tocar sus labios. El deseo de besarla al fin sobrepasaba cualquier obstáculo que se interpusiera. Fundieron sus labios, sus mentes y poco a poco se fue desvaneciendo el sueño.

– Felices veintiséis, Dada – susurró al oído antes de desaparecer por completo.

El vendaval volvió. Quedó con el corazón entumecido. Incapaz de respirar, sus labios saboreaban el aroma dulce del reencuentro y el dolor insoportable del adiós.

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