California king bed.

Aún no había abierto los ojos, pero mi mente ya se preparaba para una nueva jornada.
La cama, tras el largo viaje, me pareció un pequeño paraíso, que se completó con el tacto de un torso desnudo y dos brazos rodeando mi cuerpo abatido. Corría un poco de brisa. Más apretados ahora notaba sus extremidades cortándome la respiración. Escuchaba su corazón latiendo y la tranquilidad que desprendía cada poro de su piel. Pensaba en todas las cosas que quería hacer, pero estas hacían perturbar su descanso. Decidí dejar de darle la espalda y aferrarme a su piel, hacerla mía, transformarla en abrigo. Su olor acariciaba cada rincón de mi ser. Su mano acariciaba mi pelo con tanta parsimonia que volví a caer en un profundo sueño.

Más tarde desperté. Le desvelé al moverme y, aunque atrapada por un sueño que no se despegaba de mis ojos, le miré.
Tenía algo tan arrollador…
Era como estar en casa, una taza de chocolate caliente el día más lluvioso, el cielo azul en un día de verano.

Un beso.
Media sonrisa
y vuelta a tumbarnos.
Taparnos con la sábana
y llenarnos de caricias.

Fui a por una ducha de esas que duran como dos vidas, provocando vaho por la temperatura del agua.
Me hizo sonreír el recuerdo de su inocencia reposando en mi cuello.
Me sentí afortunada.
Sin saber por qué, le escuché cantar.
Parecía relajado,
oculto de todo miedo,
feliz al disfrutar cada instante.

Salí y me tumbé junto a él en la cama a ver pasar la vida debajo de sus brazos, con sus ojos como ventana y su corazón como equipaje.

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