Bonhomía

Hace tiempo que no te leo, no te escribo.

He vuelto a mirarte después de todo y no me atrevo a decirte nada, aunque tú y yo fuesemos más de silencios.
Te siento fría, indiferente, distante.
Te acaricio con la tinta y la rechazas,
pero antes contestas con tanta tranquilidad que no soy capaz de reconocerte.

“Te eché de menos” dijo.

Esperó mi respuesta.

Seguíamos enfrentadas.

Empujé la mesa y me escupió un “ahora es demasiado tarde”.

La pensé cada noche, quise sentir su aroma, incluso traté de llamarla, pero mis dedos se entumecían y yo no tenía nada que hacerle sentir.
La admiraba en silencio por su brillo, por su perfección jurándome cada vez más desdichada.

Cuando pude no tuve qué contar
y ahora…

Pasé la noche a su lado.
Al principio, la miraba y me repetía que era tan sólo una hoja de papel,
después, me arrepentí pues quién sino ella conoce más de mi,
quién esperó paciente cada letra y perdonó todas las faltas.
Las lágrimas empezaron a brotar. Temerosa de que la tinta desapareciera, traté de contenerlas, pero no había qué borrar.

Una noche más la acompañé.
Como en los viejos tiempos, estaba un poco arrugada y algo húmeda,
pero suave, me acariciaba con su doble filo,
dejándome una cicatriz por cada noche a solas.

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