Nous ètions formidables 1

Edith ya se había recorrido gran parte de Francia y teniendo casi terminada su maleta, cayó en la cuenta de que había aprendido demasiadas cosas en su corta trayectoria.
La primera de todas
es que,
a pesar del frío,
todas iban en mini-vestidos de fiesta y que parecían tener una hoguera en su interior.
A esto aún no se había acostumbrado.
La segunda fue que,
su hogar,
eran todos aquellos a los que ella quería,
cada persona que formaba parte de su vida.
En este caso, se dio cuenta muy pronto, desde que conoció a Bruno y Lilly, siguiendo el paso por Didier y todo el mundo que le rodeaba.

La lista de cosas aprendidas era muy extensa.

Por su cabeza pasaban flashes de vivencias en estos dos años franceses.

Llegó a la última:
hay cosas que no pueden pasar y,
a veces,
es mejor no preguntar por qué.

Un dolor le estremeció en su interior, se sentó a recordar.

Estaba en la biblioteca de Nantes, sin decidirse a entrar. Fue allí donde conoció a Damien. Su origen era desconocido y las preguntas de Edith quedaban en el aire tras las evasivas del chico. Recordaba a Didier en cada paso que daba, aunque cada vez más con una sensación de inexistencia. Hacía meses que no sabía de su paradero. Juró volver a ella en cuanto todo se calmase. Pero los días pasaban y encontraba más divertidos los exóticos encuentros entre palabras en los pasillos de la biblioteca. Se lanzaban mensajes mediante títulos de libros, algo que amaba por estimular a su cerebro y animarla a la lectura, pues siempre encontraba un mensaje cifrado en el interior de cada uno.

Habían jugado a esto unas tres semanas,
en el último libro,
una frase que le había hecho
alarmarse,
asustarse,
desquiciarse.

“¿Capaz o incapaz?”

El silencio se volvió siniestro, incómodo.
Tenía miedo a levantar la cabeza.
Estaba sola en la habitación y, sin embargo, sentía la presencia de alguien, la respiración entre cortada y el sonido de unas páginas pasar con violencia. En su pecho entraban bocanadas de aire que devolvía heladas. Por un momento dejó de respirar y sintió exasperación por haberse dejado arrastrar por la culpa, por la quemazón que la ausencia de Didier le había provocado en lo más profundo de su pecho. Hay cosas que no pueden pasar, ella lo sabía y tuvo la valentía de mancharse las manos de tinta y dejar pequeñas huellas.

Terminó de una vez por todas con la maleta.

Llamó a Damien. Hacía tiempo que no escuchaba su voz ronca pero suave.

Me hubiera ido contigo. De cabeza, habría sido capaz.

Colgó sin esperar respuesta alguna.

Pero no lo hice y, tal vez, sea mejor así.

Sin ser consciente de sus actos, cogió papel y bolígrafo y escribió un minúsculo mensaje cargado de sinceridad:

“Hoy te tengo miedo hasta los huesos.
Cuando salgas
(si es que sales)
voy a estar esperándote
(con miedo e incertidumbre).
Para que me mires a los ojos y me expliques por qué.”

A penas terminado,
y con la tinta húmeda,
envió el fragmento a la dirección en la que Didier debería estar, aunque después de su desaparición, sólo tenía claro que no obtendría respuesta alguna.

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