Limerence.

Era bonita.
De esas que duelen, de las que quieres observar hasta que los ojos se sequen, hasta que ya no haya más luz capaz de iluminar su piel suave. Porque tenía la piel suave, como un guante de terciopelo, como un velo de seda. Siempre quise saber el por qué de su color pálido aunque rosado de los primeros días de primavera, cuando la gente sale aún temerosa con un paraguas en mano, cuando las flores empiezan a asomarse por cada esquina. Me acercaba a ella, como si fuera un cazador esperando a su presa.

A veces pasaba ante mi, como si yo no existiera, sumida en sus pensamientos, no le había visto dormir, pero sé que ni soñando está tranquila. Parecía una playa desierta en pleno diciembre, por dentro, aquellos que la conocían, decían que era la calle más transitada de Nueva York. Escuché que tenía encanto, que era como uno de estos lugares alejados de toda civilización, donde lo único que abunda es la naturaleza.

Camina.
Parece que llega tarde y sus pasos tienen tanta dicha como una mariposa en pleno vuelo.

¡Qué vértigo sus labios!
¡Qué ímpetu en sus actos!
¡Qué desasosiego cada vez que se va!

Era bonita.
Ahora me duele. Se ha ido y me ha dejado vacío de esperanza. Sé que su piel es seda, que su pelo huele a los atardeceres de verano, que sus pestañas me abanican quitándome la intensidad del peso de su mirada.

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