Solo café.

Ya no había vida.

Vuelve a ser primavera, pero esta vez me he quedado al abrigo de mi cama y el oído que siempre tiene tiempo para escucharme. Las sábanas están frías. La luz del alba me ciega, así que bajo la persiana. Me recorre un escalofrío desde el principio de mi cuerpo hasta caerse rendido al suelo. Desde hace un año el insomnio se ha convertido en mi sueño más idílico, porque cuando consigo dormir, viene él para atormentarme con su dulce presencia.

En las pesadillas aparece desnudo, en silencio, con una expresión impenetrable, como la última noche que pasamos juntos. Me ve sonreír y sé que quiere decirme algo, pero no logro descifrar de qué se trata. Avanzo hacia él, lo más rápido que puedo, pero no me he movido, mis pies han enraizado en el suelo, mis manos están atadas y mi voz acallada. Entonces, se desploma. Su mirada sigue fija en mi. Escucho las sirenas de las ambulancias, los policías se aproximan. Sigo sin poder moverme. Logro atrapar la taza.

Una sacudida me despierta de mi ensoñación que me tiene presa. La camiseta de Jean, que ahora uso de pijama, está empapada en sudor. Miro a mi alrededor. Todo está bien, me repito con la esperanza de que algún día así sea realmente.

Al mes de su pérdida, comencé a pasearme por antros de mala muerte, por callejones indeseables en búsqueda de experiencias que me hicieran sentir tan viva como él lo hacía. Pero tan sólo conseguía el perturbador recuerdo de sus manos acariciando mi pelo a media noche. Nuevos chicos hacían parada en mi propio hotel de carretera. Únicamente una distracción para poder sentir el calor de otra persona, pero nadie había conseguido igualarlo. No les permitía quedarse más de dos horas, luego, era sierva de mis propias lágrimas en las que en alguna ocasión había pensado como forma fácil de reunirme con él.

Un año después, vuelve a ser primavera, pero las flores se han teñido de negro, los vivos colores se despidieron dejando plazas vacantes, con trabajos bien remunerados. Veo volar los gorriones, pero han quedado mudos, ya no hay dulces melodías ni bonitos despertares. La Luna se esconde con parsimonia, me mira burlona. Cada noche hace comentarios jocosos acerca de su eternidad y de mi lenta existencia en este mundo en el que ahora estoy desamparada.

Voy a la cocina. Estoy perdida.
En mi propia casa. En mi propia vida.
Preparo café, siempre para dos.
Saco su taza de la vidriera y la colmo del aroma puro de los granos de café.
Inspiro.
La dejo en la mesa y me dirijo a la ventana.
Me siento a contemplar el paisaje, como cada mañana.
Busco la armonía que Jean encontraba en ese bosque.

Quizás el dolor sea insoportable, no había nada con lo que compararlo, nunca nadie me había roto en tantos sentidos como lo hizo él.

Había perdido mi ser,
mi hogar,
mis manos y pies,
mis ganas de seguir,
mi encuentro fortuito.

Había perdido el norte,
el sur se había congelado,
el corazón desaparecido,
temía al silencio y me consolaba en el ruido.

Decidida, salí de la casa, me adentré en el bosque.
Varias veces lo había intentado, la soga me espera impaciente.

La taza se cayó, derramó todo su interior quedando vacía.
Los trozos se habían esparcido por el suelo, ya no había vuelta atrás.

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