Fiore.

Unas letras suicidas en una carta que jamás llegará a su destino,
una pluma desgastada y un tintero medio vacío.

Cada noche, después de su ajetreada vida, de aparentar que todo iba sobre ruedas, se sentaba en el escritorio de esa habitación que había quedado raptada por las letras, por los libros, por los recuerdos y, más tarde, el olvido.

Se encerraba en ese lugar.

Nunca abría la ventana, la persiana bajada y sólo un halo de luz proveniente del candil. Juraba que el olor de la tinta sobre el papel la extasiaba, ese era su vicio desde que él había desaparecido sin dejar nada más que una breve carta:

NO PUEDO QUEDARME.

Habían pasado los meses, aún nadie se había enterado de la desaparición, que para ella suponía el fin del mundo, un limbo constante en el que no encontraba la cordura.
Usando la ventana como marco, contemplaba la carta del Extraviado.
Así lo catalogaba.
Todo iba de fábula, aunque ahora se había dado cuenta de que era una simple quimera.

Ese había sido su espacio.
Lo usaba para evadirse, subía los decibelios, despertaba a los perros del vecindario, no dejaba dormir a nadie, menos a ella, que al saber de su presencia se sentía relajada hasta el punto de adormecerse en cualquier lugar, ya fuese en su estrecha cama o en el frío suelo.

Esta vez, la casa estaba sumida en un silencio ensordecedor.
No encontraba consuelo, aunque se había topado con centenares de fotos prohibidas.

Cuando fue lo suficientemente fuerte como para entrar al retiro del Extraviado, lo encontró repleto de fotos cuyos protagonistas eran él y sus cincuenta flores. Así las llamaba o, al menos, ese era el trabajo que decía traerse entre manos. Encontró escritos donde había redactado el nombre completo de las chicas, lugares de residencia y describía las artimañas que había llevado a cabo para tenerlas entre sus brazos, como hizo con ella. Cuerpos desnudos, caras que expresaban dolor placentero, posturas inpensables. Esa misma habitación. En el sillón donde a veces dormía ella acurrucada encima de su regazo. Entre las estanterías o en el mismo suelo, encima de la alfombra.

Pecaba de ingenua y,
sin esperarlo,
se chocó con la realidad.
Casi destrozó su rostro y su corazón quedó irreconocible.

Encontraba paz cuando se refugiaba entre las letras, esperando que algún día volviera a dar explicaciones. Encontraba paz cuando no dormía, evitando las pesadillas y las imágenes devastadoras.

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