Valkiria.

Eran dos almas unidas por una misma misión.
Eran dos pares de ojos mirando en una misma dirección:
ambos hacia delante, siendo conscientes de que jamás podrán tocarse.

Era un chico temeroso, desenfadado, inquieto,
era una chica ensimismada, soñadora, cobarde,
coincidiendo en la misma era, en el mismo siglo.

Desdichados hasta decir basta,
angustiados por la lejanía, por la lentitud del tiempo,
buscando siempre alguna forma de reencontrarse, de tocarse.

Pasaban los días absortos, mirando la nada, evitando el todo,
llamándose de mil maneras a sabiendas de que no se contestarían,
se conocían demasiado sin haberse besado.

Se sentían la piel ardiendo, el corazón helado,
detestaban a todos aquellos que podían disfrutar del resto,
se maldecían por pertenecerse sólo en fotos.

Eran Luna y Sol,
cielo y tierra,
noche y día.

Juntos, eran fuego, seísmo, tsunami,
se destrozaban el uno al otro, el corazón se deshacía,
demacraban sus almas, se agotaban.

Nunca estuvieron a menos de cincuenta centímetros,
tan cerca, que podían oír el sonido de cada lágrima al caer,
tan lejos, que las puntas de sus dedos no conocían la anatomía del otro.

Separados, eran furia, marea agresiva, tempestad de mil demonios,
desarmaban a los habitantes, derribaban muros,
desviaban barcos, perdían aviones, chocaban coches.

No estaba claro si era mejor tenerlos juntos o separados,
cantaban la misma canción, al unísono, no desafinaban,
La Valkiria resonaba en todos los lugares, la orquesta retumba en el suelo.

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