Let her go.

Y se fue.
En un abrir y cerrar de ojos,
en un solo instante.

Vuelvo a casa, pero en esta ocasión no todo está completo.
El puzle se ha deshecho,
falta una pieza,
falta desde ayer.

Sé que no es real.

Corro por todos los rincones, grito su nombre en un suspiro ahogado.
No responde.

Espero un poco más hasta por fin ser consciente de que te fuiste, de que yo dejé que te fueras.
Quiero pensar que lo hice por tu bien, que quizás ahora estarás en un lugar mejor, aunque sé, sin que dijeras nada, que tu sitio estaba entre nosotros, con tu familia, desde el primer día hasta el último.

Entre mis brazos,

con tu cabeza en mi regazo

o a mi lado cuando me sentías triste.

Cuatro patas, un cuerpo pequeñito y peludo, color negro y pimienta, tu hocico húmedo y tus orejas siempre atentas al mínimo sonido, no para molestar, sino para acudir en ayuda.
A decir verdad, casi siempre en mi ayuda,
y es que para mí sobrepasaste los límites de animal de compañía.

Diecisiete años te coronaron como la persona más atenta, cariñosa, juguetona y tranquila.
Y me permito el llamarte persona, porque fuiste como una hermana, compañera de juegos y apoyo incondicional.
Quien te conoció, lo supo.
Quien te quiso, daría su vida para que no te ocurriera nada.

Quizás nadie llegue a entender nunca lo que significaste.
Yo tampoco tengo el mínimo interés en demostrarlo a ninguno que no seas tú.

Tú eras para mi,

yo para ti

y eso nos bastaba.

Me encantaría poder arrancar la Luna esta noche,
decirle que hoy no necesito su luz,
que el cielo está de luto
y que las estrellas pueden ir a molestar a otro sitio que no sea mi ventana,
porque tú ya no estás para acompañarme.

Eras sencillamente espectacular.

Te acariciaba mientras te quedabas dormida, sentía tu respiración entrecortada que poco a poco se iba apagando.
Te imaginé corriendo, saltando con la gracia que solo tú conocías,
recordé tus lametones cuando la comida te gustaba,
cuando jugábamos,
cuando te hacía cosquillas.

Papá estaba a nuestro lado,
me abrazaba fuerte,
no era capaz de creerlo.

Siempre fuiste fuerte, superaste todos y cada uno de los problemas que se presentaron.
¿Por qué esta vez no podía ser así?
¿Por qué tan pronto?
¿Por qué no me esperaste?

En parte tengo la tranquilidad de decir que pude decirte cuánto te quise,
que no estuviste sola en tus últimos momentos,
porque lo habría dado todo por ti, pequeña.

Ay… Si tan solo tuviera un día más.
Si tan solo tuviera una vida más para compartir contigo.

Mi primera maestra.
Me enseñaste lo que es vivir y luchar,
compartir y defender lo que quieres con uñas y dientes,
y tú de eso sabías un rato.

No imaginé cuánto echaría de menos llegar a casa y no verte junto a la puerta, escuchar tus pezuñas bailando claqué y que no me dejen concentrarme o escuchar en mitad de la noche un ladrido tuyo mientras soñabas.

No te preocupes Yora,
estas lágrimas no son de tristeza,
son de alegría por haberte conocido,
de amor por haberme cuidado,
de complicidad por habernos escondido de todos
y que ni si quiera mamá fuera capaz de encontrarnos.

Cada noche le contaré al cielo vacío cómo está todo por aquí,
él se encargará de que lo sepas,
aunque nada ni nadie sean capaces de ocupar el gran hueco que dejas.

Detesto la fugacidad de la vida,
la forma que tiene tan cruel de arrancarnos de las manos lo que más necesitamos.

Eres enorme.
Te quiero, pequeña.

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“You and I together,
come on baby won’t you hold on to me,
hold on to me.”

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