Maintenant.

Partimos de la premisa de que cada persona es un mundo,
un planeta.
Todos tenemos nuestros estados de ánimos, de los que somos responsables, ideas totalmente distintas, descabelladas o geniales, pero nuestras al fin y al cabo. Unas manías de lo más absurdas y unas aficiones un tanto peculiares, que nadie más entendería.

De esta forma, aunque sea una persona, si fuera un planeta, sería Venus. El segundo planeta más próximo al Sol, cuyo nombre es en honor a la diosa romana del amor, rocoso, muy parecido al planeta Tierra, pero a su vez tan distinto. Sin embargo, si tuviese que ser un país, me decantaría por Italia, con su emblemática belleza, tan mítica como destrozada, tan bella como hiriente. Os dejaría pasear por todas mis calles, que rebosan flores y personas que dominan lenguas totalmente desconocidas para mi, escondería sutilmente las miles de historias que me marcaron desde los inicios. Pero luego, recuerdo que odio a todas esas personas, a la sociedad en sí. Que sería incapaz de soportar tanta falsedad, hipocresía y demás que hacen que las personas sean quienes son. Y, entonces, ¿quién sería? En este caso, se adueña de mí el espíritu neoyorquino: independencia, soledad rodeada de bullicio, de un silencio ensordecedor, de una ruidosa nada. Tanto a mi alrededor y, a la vez, tanto que no me ampara. Y diréis, ¿qué hay del amor? Pues mi corazón es totalmente parisino, romántico al más puro estilo francés.

Así que quizás nadie me entienda,
ni si quiera sé si algún día conseguiré entenderme yo.

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