Demons.

Luz apagada,

persiana bajada

y puerta cerrada.

Afuera, el sol seguía quemando, alegrando a los viandantes, haciendo florecer los capullos.

Dentro, llovía con intensidad, una tempestad de mil demonios, un huracán arrasando con todo.

Miraba a su alrededor. Todo lo que decoraba su habitación: sus peluches, las fotos y otras tantas cosas que había acumulado como recuerdo de viajes y “mejores amigos” extraviados, habían desaparecido. La oscuridad era protagonista.

Sumida en sus pensamientos se tumbó en el suelo frío, se le erizaba la piel. Miraba a la nada y al todo. Sentía en sus piernas un gran peso, como si se hubiera pasado el día entero corriendo, pero a decir verdad, solo había estado huyendo en su mente, en las pesadillas que cada noche venían a hacerle compañía. En el estómago, pinchazos de rabia, de desasosiego. Escuchaba la risa de aquel chico que la dejó por su mejor amiga, la de la chica que hizo que tuviera que huir presa del pánico, la de esa multitud que disfrutaba al verla llorar de tristeza.

Susurraba el nombre de todos y cada uno que habían alzado su mano contra ella declarando una guerra en la que sabían que saldrían victoriosos. Una vez terminada la lista, empezó a sentirse mejor. Pero era sólo un espejismo de tiempos pasados.

Inútiles.

Las lágrimas le recorrían el rostro, escocía, dolía cuando se adentraban en los surcos que habían dejado todas las heridas y, entonces, entendió que tenía que dejar salir sus demonios.

Gritaba.

“Mas fuerte,
que te oigan en todos los continentes.” Pensaba.

Le faltaba el aire. La habitación se quedaba sorda, el volumen de su voz subió hasta conseguir que la ventana estallase en trozos diminutos. Se ahogaba, las lágrimas inundaban todo a su alrededor. Los cristales flotaban, se acercaban a ella titubeantes, pero solo faltaba una mirada para que huyeran. Y volvió a recordar aquellas veces en las que se sentía fuerte, segura de sí misma, era entonces cuando la usaban de escudo contra viento y marea, de parque de atracciones cuando estaban aburridos. Pero, ¿quién cuidaba de ella? ¿Quién velaba por que ella pudiera dormir tranquila?

Nadie.

Era irónico, siempre estaba para todos, pero nadie estaba para ella.

Sin darse cuenta, estaba sumida en sus lágrimas, no podía salir, por mucho que intentase huir, por mucho que quisiera nadar entre ellas.

Vio una luz cercana a la puerta, intentó alcanzarla, estiraba los brazos, pero era imposible. Algo le retenía. Por las piernas. Por la cintura. Alguien tiró de su cabeza hacia atrás. Tenía un nudo en la garganta, quería salir de aquel lugar que había sido refugio y donde ahora había soltado todos sus demonios, que una vez más, intentaban derribarla.

Saltó.

Saltó y cayó en la nada, en el todo. En un limbo propio, donde nadie jamás la encontraría. Ahí no la alcanzaban, no la dañaban, ni si quiera podían mirarla.

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