Anato-mía

¿Quieres hablar de placer? Bien, empecemos por lo más alto: tu pelo enredándose entre mis dedos a media noche. Alborotándolo, dejándole fluir libre. Solo quien lo haya vivido sabe de qué clase de placer hablo.

A ello le siguen de cerca tus ojos, aunque bueno, mas que tus ojos, es tu mirada.

Sublime.

Sin palabras.

Intento mirarla, incluso desafiarle, pero siempre me cautiva, me hace presa de un dulce dolor. Dolor por querer estar siempre dentro de ellos. A pesar del tiempo, a pesar de la distancia.

De esta parte creo que es mejor hablar en conjunto, porque tu sonrisa ya no sería la misma sin esos hoyuelos que con tanta malicia me tientan a querer besarte hasta conseguir saciarme.

Imposible.

Nunca hay suficiente.

Nunca se cansan los míos de sentir los tuyos, de una forma u otra, besándome.

Cuento hasta cuatro cuando llego a tus clavículas. Quiero detenerme ahí. No unos segundos, sino una vida. Lienzo definitivo para pintar con mis labios, escenario perfecto para bailar con los dientes. Pero por más que me guste, no puedo evitar que mis manos quieran recorrer tu espalda de norte a sur en busca de una nueva galaxia y no paren hasta encontrarla. Deteniéndose en cada punto cardinal.

Erizando tu vello,

recorriéndote,

celoso,

el escalofrío, que no soporta que en ese momento seas mío.

Te sujeto fuertemente contra mi.

Se me olvidaba,

tu respiración entrecortada en mi oído,

placer de dioses.

Respiro hondo.

Ahora viene la peor parte:

La de los pecados. La de la lujuria.

Quizás mi parte favorita.

Nunca fue conmigo eso de ir al cielo. Prefiero el infierno por haberme hospedado en tus confines.

Pausa.

Necesito coger aliento. Abrocharme el cinturón.

Sigo con las caricias, pero ahora por tu torso, bajando lentamente, usando mis manos como cámaras para fotografiar cada milímetro de ti.

Me encuentro en la montaña más alta de tu geografía. Antes de entrar, un cartel en el que advierte de que es una zona peligrosa.

Me cruzo con tu mirada

furtiva,

sonriente,

satisfecha.

Entonces, mis manos retroceden conscientes de que dejaron un camino de migas, dándole órdenes a mi boca para que lo borre entre besos y bocados.

Vuelvo a donde lo había dejado.

Miraba, sonrojada, al único habitante de tus países bajos mientras me saludaba, recibiéndome de una forma sagrada. Una forma que solo tú sabes.

Podría describir mis sensaciones de mil formas diferentes al adentrarme. Podría escribir cien versos sobre algo que no estoy segura que vayáis a entender.

Siempre dijiste que eso de bailar no era lo tuyo, pero naciste para bailar el tango. Nuestras piernas se entrelazan, las caderas mágicamente se contonean de una forma sutil, casi imperceptible.

Izquierda.

Derecha.

Arriba

y

abajo.

Hago escala en tu ombligo hasta llegar a tus labios de nuevo.

Vuelves a dejarme sin habla.

Silencio,

ni la respiración se oye.

Sonrío.

La función acaba de empezar.

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