Break. Broke. Broken.

Un mes después de la pérdida, la cama seguía deshecha, aún no había conseguido dormir en ella.

Sola.

Esa idea me atormentaba. Me resultaba imposible imaginar cómo podría pasar el resto de mis días sin él aquí.

De pie, en el marco de la puerta, incapaz de entrar. Miraba a nada y a todo. Un gorrión que se atrevía a volar entre los árboles desnudos del invierno. Fríos. Casi tanto como mi corazón.

No fui consciente de cuánto había cambiado mi vida hasta aquel momento.

Al llegar, convertí la casa en un hogar alegre. Mi habitación era rosa, pero un rosa pastel. La ropa y los muebles de diseño abundaban en la casa. Y mi mayor sueño, un enorme vestidor, a los pies de la cama.

Después de su llegada, todo era más funcional. La austeridad era protagonista entre las paredes. Los muebles escaseaban, así como la ropa que al tiempo comprendí que sólo era una forma de oprimir nuestra libertad. Mi habitación pasó a ser blanca, y ahora se camuflaba con los copos de nieve que hacían del paisaje algo aún más vacío.

Decidí entrar. Me acerqué a la cama. Ya ni si quiera recordaba lo mullida que me recibía siempre.

Al sentarme, una ola de olores me invadió. Aturdida, me tumbé. Miraba al techo. Una lluvia de recuerdos vino a atormentarme. La cama aún olía a él. La lámpara del techo dibujaba siluetas. Al principio, borrosas, pero cada segundo que pasaba todo se volvía más y más nítido.

Éramos él y yo. Yo y él. Vagando por la habitación. Riendo en la cama. Siempre desnudos, sin escondernos nada.

Se me empañaron los ojos. En la garganta, un nudo intragable. Cogí una de las almohadas. Tenía la marca de mis labios rojos de la última vez que jugamos a ser nosotros.

Me sentía vacía. Fría.

De un salto me levanté y subí el ventanal de la izquierda. Me senté en el precipicio. Me balanceaba. Titubeante. Con un pequeño impulso estaría abajo, aunque eso sería demasiado fácil.

Se levantó una ráfaga de viento. Movía los árboles con violencia. Al fondo, escuchaba mi nombre en susurros. Era su voz. Quise contestar. Pero el viento me arrastró hasta quedar a los pies de la cama. Con todas mis fuerzas intenté saltar, ir hacia él. Estalló el cristal de la ventana contigua. Los trozos me apuñalaron. Intenté levantarme. El viento volvió a golpear. Esta vez por ambos lados, dejándome en el suelo.

Me había roto. Ahora lo sabía, y no importaba cuán vacía pudiese estar. Me rompía en pedazos. Las lágrimas hicieron un intento por salir, pero se habían congelado. Quería moverme, pero no sentía mi cuerpo. Me limité a respirar, con la mirada perdida. Vi algo levantarse, parecía salir de mi interior. Era alguien, su cara me resultaba familiar. Totalmente de pie, giró la cabeza y me miró sonriente.

Era yo. Era feliz y parecía burlarse de mi situación. Se dirigió al gran ventanal, justo como hice yo antes. Alargó el brazo. De la nada, una bandada de pájaros la arrastraron con ellos.

Cerré los ojos, intentando levantarme. Me costaba respirar. El corazón latía muy lento. Noté las piernas frías. Congeladas.

Escuché unos pasos. Sabía que era mi hora. La Parca me sonreía. Esta vez, no escaparía. Segundos antes de que bajase su guadaña y la posase en mi, todo se apagó.

wpid-prn45u7tyq.png

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s