Narcisismo.

Viernes.

Llegué a casa tras una dura semana de trabajo.

“Por fin un respiro” pensé

Dejé las llaves en el suelo, así como el abrigo. Me suponía demasiado peso en mi día a día. Me saqué los guantes y los tiré en el sofá.

Miraba mi nuevo ático.

“¡Qué desperdicio de casa!” grité, esperando la única espuesta que obtendría:

el silencio.

Era relativamente nueva, pues llevaba un año entre estas paredes. Un año de independencia. Un año en esta ciudad desolada. Despiadada.

Bostecé.

Algo habitual en mí. Sobretodo aquellos días en los que me despertaba antes de que el Sol saliese a saludar a los habitantes del mundo.

Me revolví el pelo. Los rizos estaban caídos.

“¡Qué desastre! Seguro que ya ni maquillaje queda…”

Arrastré mis pasos de camino al dormitorio, mientras, me desnudaba lentamente. Al llegar al baño ya no quedaba absolutamente nada.

De arriba a abajo observaba mi anatomía en aquellas paredes que había transformado en espejos. No había escondite. Con el dedo índice hacía pequeños círculos en la cicatriz que tenía donde pierna y vértice convergían.

Miraba como el vello se erizaba.

Odiaba esa marca. Siempre me había acomplejado.

Salí espantada de ese lugar frío donde estaba expuesta a mi crítica más cruel: yo.

Me recogí el cabello con unos palos chinos que tenía en la cómoda donde escondía mi alter ego. Sobre ella, un espejo de estilo barroco nada acorde con la decoración del resto de la casa.

Quise dejarlo ahí, en su lugar de origen. Me recordaba a esa forma barroca que todos tenemos de vivir nuestas vidas y que, aunque intentemos esconder, siempre sale un reflejo de ella a la luz.

Mi mirada se centraba en el rostro que proyectaba.

Las facciones estaban muy pronunciadas. Los ojos oscuros más hundidos de lo normal, los pómulos rojo sangre parecían salirse y labios gruesos simulando una leve sonrisa.

Abrí el primer cajón de la comoda.

Saqué una bata. No era una cualquiera.

Transparente. De encaje blanco, con pequeñas flores que se situaban estratégicamente por todo mi cuerpo. Me coloqué los tacones de aguja que compré para ocasiones especiales.

Esta era una de ellas.

Mi actitud cambió radicalmente. Me sentía poderosa, enorme. Preciosa, a pesar de no serlo.

Volví al baño.

Esta vez, me miraba.

Altiva. Orgullosa. Quizás, rabiosa. Me gustaba a mí misma. Me sentía tremendamente bien. Nada podía pararme.

En unos minutos tenía la primera cita del fin de semana.

Tíos que mueren por dos palabras subidas de tono. Yo, narcisista. Sacándo mi YO más egocéntrico. Momentos en los que olvidar cualquier complejo. Sin importar cuán cruel o despiadada pueda ser. Nadie lo reprochará.

A mis pies.

Alabándome.

Complaciéndome.

Suena el timbre impaciente. Me miro al espejo una vez más antes de salir del dormitorio.

Con la misma parsimonia con la que me desnudaba, recogí la ropa del suelo. Cerré todas las puertas con llave, excepto la habitación del fondo, donde guardaba lo más oculto de mí. Apagué las luces y bajé todas las persianas. La oscuridad se adueñó de la situación. Encendí el reproductor de música y me dirigí a la puerta.

Abrí.

En el suelo, de rodillas, un hombre de grandes dimensiones. Miraba al suelo. Acerqué mi pie derecho a sus labios. Lo besó y junto a mi pierna lo hice subir hasta que quedó completamente de pie frente a mí.

Tiré de la camisa y cerré la puerta tras él.

“Que comience el juego” pensé mientras me mordía el labio inferior hasta derramar una gota de sangre.

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