XMAS.

La noche volvía a cubrir el cielo. La soledad se apoderaba de las calles. El silencio sonaba aún más fuerte de lo que lo hacían los claxon de los coches que circulaban por la carretera. A penas eran las seis de la tarde y ya había anochecido. Este año diciembre vino frío, cruel, aunque por algún motivo siempre me gustó esta época. Caían copos de nieve, atravesados por las luces de las farolas. Siempre soñaba con ver esa estampa, que caiga mientras paseo por la ciudad. Se acercaba la navidad. Esa época que ha perdido su sentido emotivo, siendo remplazado por el consumismo más puro. Estaba sola en esta ciudad. Aunque me encantaba, las noches me entristecían tremendamente. Estaba sola en esta absoluta oscuridad, en el silencio abrumador. Intenté elevarme. Subir lo más alto posible. Quería robar la Luna. Darle su sitio al Sol. Atraer el calor, sentir un abrazo reconfortante. Me senté en las raíces de un árbol del parque más cercano. Las hojas que cayeron hacían de manto en el suelo. Me recordaba a todas aquellas veces en las que intentaba evadirme del mundo en ese pueblo tan pequeño en el que vivía. Sin importar qué época del año fuese, siempre tenían hojas mustias bajo los troncos. Me sentía totalmente identificada con ellos. La nieve cuajaba sobre mí. Me congelaba las piernas y de algún modo me hacía sentir como si estuviera en mi hogar. Un sitio frío, donde solo la naturaleza es capaz de abrazarte de forma sincera.

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