Y ahora: Adiós.

Cada quince de cada mes, íbamos a la playa, desnudos, para hacer un ritual que desde pequeños a ambos nos enseñaron.

Según decían, esto alargaba la vida.

Para mí, eso no era una prioridad. Simplemente iba por el gusto de sentir las olas del mar arrastrándome hasta lo más profundo. Era lo más relajante que alguna vez había sentido en mi corta vida.

Bañarse en cualquier estación y sin nadie que te observase era todo un privilegio. Tenía claro que era algo que quería hacer de por vida. Hasta que llegó él, dándole un sentido a todo aquello, arrollándome como si fuese un inmenso tsunami.

Era libre, intenso.

Coherente, pero inconsecuente.

Sólo nos veíamos una vez al mes y lo sentía parte de mí. Aunque no hablásemos, aunque ni si quiera nos tocásemos.

Es diciembre. Estoy aquí. Sentada como cada mes. Esperándole. La arena me cubre las piernas en un intento por hacerme enraizar allí.

La sombra empezo a taparme. Me advertía de que no vendría. Pero yo me quedaría allí.

Llovía. Todo era borroso. La ropa me aprisionaba. Intenté zafarme de ella. No me lo ponía nada fácil, pero lo conseguí.

Me adentré en el mar, poco a poco. Permitiéndole adueñarse de mi alma.

Las gotas de lluvia se intensificaron y me dañaban. Me tumbé y me dejé arrastrar por las olas hasta el fondo. El corazón comenzó a acelerarse como aquellas veces en las que sin verle, sabía que estaba llegando.

Miré a todos los lugares que estaban al alcance de mi vista. Me di la vuelta. A lo lejos, al fondo del mar. Ahí estaba. Algo borroso. Nadé lo más aprisa que pude. Desesperada. Cuanto más nadaba, más lejos estaba.

Unos minutos más tarde, le alcancé. Estaba exhausta. Todo me daba vueltas. Alargué mi mano hasta llegar a su cara. A unos milímetros de él, desapareció. Una vez más me fue imposible tocarle.

Intenté tocar el suelo, que hacía tiempo había quedado fuera de mi alcance. Quise salir de sus aguas. Pero cada vez más me arrastraban hacia el interior. Me abrazaba sin dejarme ir, como tantas veces quise hacer con aquel alma libre que ahora había perdido.

Estaba vacía. Sola ante aquella inmensidad.

Me cubría.

Me arrollaba.

Intentaba huir de ella.

Era imposible.

Cerré los ojos como todas aquellas veces en las que no podía salir y el mar me devolvía. Pero esta vez no. Sabía que esta vez había entrado demasiado dentro de mi, me había vaciado. Ya no quedaba nada. Llegó mi momento. Sabía que iba a terminar mis días como los empecé. En esta playa. Sola. Rodeada de una gran nada.

Noté las aguas adentrándose. Escuchaba mi nombre en algo que parecía un susurro. Miré detrás de mí. Se aproximaba una ola. La más grande que alguna vez vi. Decidí hundirme. Dejar que pasase por encima de mí.

El agua me apuñalaba.

Me golpeaba incesantemente.

Me arrastraba por la arena, que arañaba cada parte de mí.

Parecía un trozo de papel movido por el viento.

Una roca me golpeó con violencia. De repente, todo se volvió negro, intermitentemente, destellos de luz en los que se dibujaba el rostro de aquel misterioso hombre. Intenté llamarlo, pero mis labios no se movian.

Veía sus dedos.

Me acariciaban.

Me levanté intentando acercarme a él.

Mis labios rozaron los suyos.

Volvió a desaparecer.

Esta vez, yo también lo hice.

Todo se apagó a mi alrededor. La gran obra de mi vida había llegado a su culmen.

Ahora, tenía que marcharme.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s