STAY.

Teníamos un lenguaje propio cuando hacíamos el amor.

No hacían falta palabras, a veces, ni si quiera miradas. Iba más allá. Era una melodía de respiración entrecortada y besos suaves, aunque nunca faltaban esos que despertaban a la fiera más somnolienta. Una melodía sensual, casi siempre, más atrevida que dulce, inaudible para el resto.

El escenario era peculiar. Estábamos sumidos en la más profunda oscuridad y el ambiente estaba humedecido, casi tanto como yo.

Incapaz de verle, solo necesitaba mis manos. Le encontraba fuerte, sin piedad, destrozando cada punto débil que a su paso encontraba.

Avasallándome.

Pude escuchar sus labios dibujando una sonrisa mientras que su mano tocaba en mi espalda una de esas partituras suyas.

Erizaba todo mi cuerpo. Poniendo en guardia mis sentidos.

Eso le divertía, tanto que se mordía el labio inferior.

Me agarró la mano y se la llevó a la boca. Mientras la besaba, quise hacerme dueña de la situación.

Exploraba su anatomía.

Deseándolo.

Disfrutándolo.

Acariciaba los pliegues de su cuerpo.

Se tensó, pero yo seguía leyendo. Eran mis letras favoritas convertidas en lunares por todo su cuerpo. Lo recorrí de norte a sur. De oriente a occidente. A su paso, encontré faltas de ortografía, pero él mismo quiso arreglarlo. Me agarró por la cintura y me dio la vuelta bruscamente.

Se me escapó un leve gemido.

Sus manos buscaban desesperadamente un lugar en mi torso donde colocar sus tildes.

Llegó a mis pechos, retorciendo sus puntas. Con delicadeza, con agresividad. Era contradictorio, siempre ansiado.

Me dejó sin respiración por un instante. Como una bala, sus dedos fueron directos a parar en mi vértice, aquel precipicio por donde le encantaba tirarse.

Notaba su erección detrás de mí.

Señalándome.

Acusándome.

Me recorrió un escalofrío.

Agarré su mano, introduciéndola lentamente en mí. Tenía su respiración en mi oído.

Jadeante.

Mi corazón, al igual que el suyo, galopaba aún más rápido.

Volvió a ponerme frente a él, pero esta vez me atrapó con sus brazos, elevándome del suelo. Mis piernas rodeaban su cintura. De nuevo, me inundó una ola de besos de todos los tipos y formas.

Irresistible.

Se introdujo en mí.

A mi espalda, una pared totalmente lisa que servía de apoyo, por poco que fuera.

Me embestía.

Embravecido, como el mar de la playa que visitamos por la mañana.

Un golpe tras otro, cada vez más intenso, cada vez más placentero.

Gemia.

Cada vez más fuerte.

No estaba segura de aguantar tanto placer concentrado en unos instantes.

Quería gritar.

Mi espíritu parecía irse a la par que lo hizo él.

Endemoniados, empapados.

Me abrazó más fuerte de lo normal, me resvalaba entre sus dedos. No lo quería lejos de mí. Me sostuve a él con un beso, con una mordida en sus labios.

Su cuerpo volvió a tensarse.

Última embestida. Penetró hasta lo más profundo de mi ser.

Se relajó.

Aún dentro de mí, me tumbó en el suelo, besándome la frente. Notaba su mirada clavándose en mis labios.

Sonreí.

Salió lentamente, colocándose a modo de almohada.

Teníamos un lenguaje propio cuando hacíamos el amor.

Siempre placentero.

Siempre dulce.

Siempre intenso.

Me sostuvo la mano y la besó, exhalando un te quiero inaudito.

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