Rose

La insté a decidir. No era capaz de entender qué la había llevado a esta situación. Pero estaba dispuesto a perdonarla, a volver a ser felices.

Lo conocía, era vecino de ella desde pequeños. Era alto, con un buen trabajo y su estructura física es lo más parecido a un dios griego. Pero su actitud, su forma de ser con ella… No la quiere de la forma en la que podría hacerlo yo, si ella me dejase.

Por su silencio entendí, que ella seguiría estando con él. Pensando que sería su otra mitad. “¿A quién le importa un buen fondo, si no le puedes pagar sus caprichos?” pensé mientras me iba, andando casi a rastras.

Pasó el tiempo, aún sin entender nada. Comencé a salir, a conocer gente, siempre con ella en un pedazo de mi corazón que perdí en la fría habitación de aquel hotel donde la sorprendí con ese maldito.

La luz poco a poco volvía a llenar mis días. Dejé el miedo atrás y empecé a vivir.

Habían pasado 527 días desde la última vez que la vi. 527 días en los que me conseguí recomponer, pero no volví a ser el mismo. En cada momento de luz, había un ápice de oscuridad.

Rose, saltó de la cama, con mi camiseta de la noche anterior puesta. Vino hasta la cocina que juntos reformamos un par de meses atrás. Yo preparaba café para empezar un duro día de trabajo.

Conocí a Rose hace relativamente poco, pero si hay alguien que me ayudó a salir adelante y retomar las riendas de mi vida, dándole color a cada rincón, esa, era ella.

Siete años menos que yo. Siempre la adornaba una sonrisa. En sus mejillas se coloreaban pecas y su piel era aún más suave que el terciopelo. Y hablando de pelo: el cabello rojizo que le cubría casi todo el torso le hacía parecer tremendamente sexy. Aunque después en la práctica era de lo más dulce. La recordaba dando saltitos por la pastelería que solía frecuentar al lado de mi oficina, que, sorprendentemente, estaba al lado de su facultad. Iba algo estresada, era su último año y estaba hasta arriba de trabajo.

El timbre me sacó de mi ensoñación. Le di un beso en la frente y fui a abrir.

Quizás este momento fue una de mis peores pesadillas hace algún tiempo, aunque tambíen lo más ansiado.

Blanca frente a mí. Había cambiado desde el último recuerdo que tengo de ella. Y recordarla me hace tensarme, tensar todo mi cuerpo. No sé si es rabia, o quizás dolor de un tiempo pasado del que aún no he conseguido liberarme.

Su pelo sigue siendo negro, pero tiene destellos plateados. La cara bastante demacrada, los labios demasiado gruesos y los ojos más rasgados. Sonríe y consigo ver que se ha separado las paletas, quizás con la esperanza de parecer más joven. No la reconozco. Su cuerpo diminuto, ahora lo es más. La cintura simula la de una niña y los pechos exageradamente grandes. Lleva tacones de 20cm y una ropa nada acorde con su personalidad. Aunque ya no sé ni cual es.

“¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?” no conseguí decir nada más. No lo merecía. Yo tampoco.

“He venido por ti. Ya sé a quién quiero y eres tú. Perdóname. Aún podemos ser felices.” en su mirada perdida parecía haber un poco de esperanza.

“Tuviste tiempo. No tienes ni remota idea de cómo lo pasé. Ahora soy feliz. Por favor, vete.” pensé que nunca llegaría a decirselo. Incluso, dolió decirlo.

“Me equivoqué. Estoy completamente sola. Quiero seguir leyendo este libro contigo.”  empezó a llorar. Parecía que se le desgarraba el alma. Era irónico, pues yo pasé por lo mismo, pero nadie se apiadó de mí.

Rose se acercó a la puerta, pues llevaba un rato aquí de pie frente a un fantasma del pasado que volvió para atormentarme. Me ofreció una taza de café con destellos de vainilla. Ese era su toque.

“¿Quiere pasar, señora?” sonrió, ajena a lo que ocurría en ese instante. “Jean, voy a la ducha y nos vamos. Dame quince minutos.”

Esperé hasta que Rose desapareció.

“Blanca, te esperé hasta agotar mi paciencia. Ya no me quedaba más que llorar, estaba seco.   Podríamos haber seguido escribiendo juntos nuestra historia y lo echaste a perder. Este es otro tomo en mi vida. Lo siento.”

Cerré la puerta con sigilo. Y me tumbé tras ella. Esperé hasta que se fue. Nunca fui capaz de soportar esto, en el fondo, sigue estando dentro. Pero esta vez no. Esta vez se había terminado.

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