Las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

Amores de verano.

De esos que marcan, que cambian, pero que siempre acaban a principios de septiembre.

Convertimos junio en primavera: todo es como una rosa que comienza a florecer, mariposas y días agradables.

Julio comienza como los primeros días de verano: ilusión intensificada, días calurosos y largas noches en vela.

Llegamos a rastras a agosto, que, poco a poco, se transforma en otoño: los sueños e ilusiones caen como hojas arrastradas por el viento.

Intentamos frenar septiembre, pero es imposible, ya tiene medio cuerpo dentro. Es inevitable que el invierno llegue, que su frío nos congele, que las lágrimas caigan como copos de nieve.

Y finalmente, el amor, que comenzó con tanta euforia, lentamente se va difuminando.

Sin poder hacer nada.

Sin querer hacer nada.

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