Estaba tumbado, mirando a la nada y aquella luz de luna no ayudaba a que el ambiente se destensara.

Aún siendo invierno, corría una leve brisa.

La televisión proyectaba imágenes, pero todo era silencioso.

Me deslicé por sus piernas, subiendo hasta quedar cara a cara con él. Lo miraba fijamente, buscaba su sonrisa escondida entre las sábanas.

Beso.

Mordida.

Vellos de punta.

Deseaba que dejase de mirarme, me intimidaba tanta profundidad en sus verde agua. Cerré los ojos y me acarició la cara. Fue irónico que lo hiciera tan sumamente suave con sus manos asperas. Notaba su sonrisa cuando me mordía el labio.

Quería empezar un juego en el que ambos íbamos a salir chamuscados.

El vaivén de mis caderas hacía elevar la temperatura, entre otras cosas. Su cara se transformó en una expresión digna de ver, de sentir.

Escuchaba su respiración agitarse. También lo hacía la mía. Me encanta cuando se vuelve vulnerable y salvaje al mismo tiempo.

Es tan puro, tan él.

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